En un acto cargado de simbolismo y con la mirada puesta en la reactivación económica del país, la presidenta de México reafirmó este martes su compromiso con un modelo de desarrollo que prioriza la inversión privada como motor de crecimiento. El mensaje, pronunciado desde el histórico Salón Tesorería de Palacio Nacional, resonó entre los asistentes —un selecto grupo de empresarios y miembros del Gabinete federal— como un llamado a la unidad en un momento clave para la economía nacional.
La mandataria, cuya gestión ha estado marcada por un discurso de austeridad y combate a la corrupción, sorprendió al enfatizar la necesidad de fortalecer las alianzas público-privadas. “No podemos avanzar solos”, declaró ante los presentes, entre los que destacaba la presencia de figuras como el ingeniero Carlos Slim, uno de los hombres más influyentes del sector empresarial en México y Latinoamérica. Su asistencia, junto a otros líderes de la iniciativa privada, subrayó el peso del encuentro y la disposición del gobierno a escuchar las propuestas del sector.
El evento, que transcurrió en un ambiente de cordialidad pero con un tono de urgencia, abordó temas sensibles como la atracción de capitales extranjeros, la modernización de infraestructura y la generación de empleos. La presidenta insistió en que el Estado no puede ser el único actor en la reconstrucción económica, especialmente después de los estragos causados por la pandemia y la volatilidad global. “La recuperación requiere de todos: del gobierno, de los empresarios y de la sociedad”, afirmó, mientras los invitados asentían en señal de acuerdo.
Aunque el discurso evitó detalles concretos sobre políticas específicas, sí dejó claro que el gobierno buscará incentivos fiscales y facilidades regulatorias para impulsar proyectos en sectores estratégicos como energía, telecomunicaciones y manufactura. Esta postura, que contrasta con el escepticismo inicial de algunos sectores hacia la administración actual, fue interpretada por analistas como un giro pragmático. “Es una señal de que el gobierno está dispuesto a flexibilizar su postura para atraer inversiones”, comentó un economista presente en el acto, quien prefirió mantenerse en el anonimato.
La presencia de Slim, cuya relación con el poder político ha sido históricamente compleja, generó particular interés. El magnate, conocido por su discreción en eventos públicos, se limitó a escuchar con atención, aunque su sola asistencia fue vista como un gesto de apoyo tácito. Otros empresarios, como los representantes de cámaras industriales y financieras, expresaron su disposición a colaborar, siempre y cuando existan “reglas claras y certidumbre jurídica”, un reclamo recurrente del sector privado en México.
El encuentro también sirvió para recordar los desafíos pendientes. La inflación, que sigue siendo un dolor de cabeza para las familias mexicanas, y la necesidad de reducir la brecha de desigualdad fueron temas que flotaron en el ambiente, aunque sin profundizar en soluciones inmediatas. La mandataria reconoció que el camino no será fácil, pero insistió en que la colaboración entre todos los actores es la única vía para superar los obstáculos.
Al finalizar el acto, los asistentes intercambiaron impresiones en un ambiente más relajado, mientras el Salón Tesorería —con sus muros adornados por obras de arte histórico— parecía ser testigo mudo de un posible nuevo capítulo en la relación entre el gobierno y los empresarios. Lo que queda claro es que, más allá de las diferencias ideológicas, ambas partes parecen dispuestas a sentar las bases de un diálogo que podría definir el rumbo económico del país en los próximos años.
